¡Ebichu dice!
Historia
Una suave y cálida brisa refresca a los viajeros y caminantes que pasan por éste gran Imperio. Los cerezos florecen, apenas está empezando la primavera y ellos danzan ansioso por mostrar su belleza a todo el que quiera observarlos. La civilización se consuma entre las guerras, los emperadores y las muertes de tanta gente inocente y no tanto. Así se caracteriza el comienzo de la era Tokugawa o Edo, donde destará no sólo por las guerras y el nuevo orden, sino por ésta tendencia en aumento de conseguir esclavos en todos lados. Y entre todo esto, muchas personas toman ventaja de la situación y se especializan en el comercio.
En época en que la guerra y la expansión del imperio es inminente, la dictadura y el poco trato con extranjeros o su mismo desagrado hacia todo lo que no es japonés. Pero, siempre se encuentra la ventaja para vender personas o seres con características maravillosas, como cola y orejas. Algunos, poderosos, se resisten, pero, ya se las han ingeniado para atraparlos sin romperse una uña. Otros, es más fácil conseguirlos, por deudas, apuestas y hasta como rehenes de guerra también, entran al mercado sin ningún problema. Y hay mucha gente que compra esclavos o "mascotas" también llamados pets, entre la jerga comercial. Cotizan muy bien en el mercado y todos están deseosos de tener uno o más de uno. Se los puede comprar de manera legal en muchas tiendas que se dedican a venderlos muy caros pero que los tienen más "presentables". Sin embargo, también se los puede comprar de contrabando (a veces, son simplemente secuestrados y vendidos), aunque se dice que los jóvenes que viven aquí, pasan las peores penurias y no llegan "en buen estado" a manos de sus amos.
Únete a ésta historia, donde la magia, la crueldad y quien sabe, quizás el amor, van tomados de la mano.
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Journée ensoleillée || Kysa

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Journée ensoleillée || Kysa

Mensaje por Camille Fiquet el Lun Sep 18, 2017 7:17 am

Había tenido mucho trabajo últimamente, por lo que practicamente no salía de aquella tienda donde vendía y confeccionaba las vestimentas que hacía a pedido, no tenía tiempo para sí mismo, puesto a que en los escasos momentos libres que tenía, los invertía en su segundo "empleo" si es que se le podía llamar así a algo tan vil y barbárico como lo era el ser un mercenario, algo totalmente opueto al inocente oficio de costurero que desempeñaba lamayor parte del tiempo, una fachada tan intachable que, de saber alguien el rol de vida del rubio que gustaba de vertir como una dama, siquiera lo creería.
Pero el día de descanso finalmente había llegado, ese dónde por fin había acabado con todos los pedidos, y donde no debía acudír a algún pedido de su segundo empleo; luego de ir a la tienda a entregar los pedidos restantes, contempló por una de las ventanas el agradable clima que había aquel día, el sol brillaba en medio de un cielo azul totalmente despejado, la brisa fresca soplaba de una forma por demás armoniosa, sacándole una sonrisa de satisfacción al costurero.

Dudó un momento sobre como salir, ¿utilizando un vestido o siendo todo un caballero?, terminó por colocarse una peluca de color castaño claro, un largo vestido ajestado en el pecho en color azul con detalles en turquesa y un listón en la espalda baja, bastante elegante a la vista. Recogió un poco el cabello de la peluca en media cola, trenzándolo un poco y colocándo un listón en color azul rey, también utilizó algunas joyas como accesorios, un collar de piedras preciosas, un par de argollas empedradas, anillos y un par de finas pulseras doradas. Se colocó algo de perfume, se aplicó algo de colorete y sin más, salió de ahí.

Caminó por las calles con la elegancia de una dama, captando las miradas de uno que otro, las cuales sin cohibirse correspondió con un coqueto guiño provocando que más de uno se sonrojara. Tenía un lugar que quería visitar, después de todo, ¿que motivos tenía de quedarse en la ciudad luego de pasar tanto tiempo trabajando?. Se dirigió a la Montaña Inaria, tomándose su tiempo en el camino, para observar a su alrededor con una amplia sonrisa de ilusión en su rostro, sin lugar a dudas había elegido un buen lugar en el cual pasar el tiempo, pues la naturaleza misma que rodeaba el lugar sumándole al clima, daba por demás esa sensación de paz que tanto necesitaba Camille luego de esos tan agotadores días.

Terminó por sentarse tras un buen tiempo, a la sombra de un árbol. Había traido consigo unos dulces que había preparado la noche anterior, algo simple para evitar que el hambre le fastidiase demasiado; uno a uno se los llevaba a su boca mientras tarareaba animadamente, dejándose deleitar por la belleza del lugar.

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