¡Ebichu dice!
Historia
Una suave y cálida brisa refresca a los viajeros y caminantes que pasan por éste gran Imperio. Los cerezos florecen, apenas está empezando la primavera y ellos danzan ansioso por mostrar su belleza a todo el que quiera observarlos. La civilización se consuma entre las guerras, los emperadores y las muertes de tanta gente inocente y no tanto. Así se caracteriza el comienzo de la era Tokugawa o Edo, donde destará no sólo por las guerras y el nuevo orden, sino por ésta tendencia en aumento de conseguir esclavos en todos lados. Y entre todo esto, muchas personas toman ventaja de la situación y se especializan en el comercio.
En época en que la guerra y la expansión del imperio es inminente, la dictadura y el poco trato con extranjeros o su mismo desagrado hacia todo lo que no es japonés. Pero, siempre se encuentra la ventaja para vender personas o seres con características maravillosas, como cola y orejas. Algunos, poderosos, se resisten, pero, ya se las han ingeniado para atraparlos sin romperse una uña. Otros, es más fácil conseguirlos, por deudas, apuestas y hasta como rehenes de guerra también, entran al mercado sin ningún problema. Y hay mucha gente que compra esclavos o "mascotas" también llamados pets, entre la jerga comercial. Cotizan muy bien en el mercado y todos están deseosos de tener uno o más de uno. Se los puede comprar de manera legal en muchas tiendas que se dedican a venderlos muy caros pero que los tienen más "presentables". Sin embargo, también se los puede comprar de contrabando (a veces, son simplemente secuestrados y vendidos), aunque se dice que los jóvenes que viven aquí, pasan las peores penurias y no llegan "en buen estado" a manos de sus amos.
Únete a ésta historia, donde la magia, la crueldad y quien sabe, quizás el amor, van tomados de la mano.
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Cuando la luna se vuelve roja...[Privado]

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Cuando la luna se vuelve roja...[Privado]

Mensaje por Invitado el Jue Dic 31, 2015 1:16 am

Burdel Sakura - 2:00 am



La oscuridad de la noche ceñía el cuerpo de la tengu. Y es que bajo la luz de la luna, con su porte y aquel andar armonioso y lleno de seguridad, se la vislumbraba hermosa. Sin embargo su belleza se veía casi obstruida con aquella aura amenazante que desprendía por hasta la más ínfima parte de su ser. Estaba fastidiada, jodidamente fastidiada y no sólo por estar en la zona más pútrida de la ciudad sino por lo que sabría que le esperaba.

Era una calle relativamente estrecha, bien iluminada y rodeada de varios locales todos obviamente, destinados al placer. Se dirigió sin titubear a uno en particular, el más grande y sofisticado de todos, el Sakura. Ya al entrar fue recibida por una joven humana de muy buen ver y vestida con ropa sugerente, no parecía estar incomoda por la presencia de la tengu ya que después de todo, estaba acostumbrada a lidiar con tipos de las más diversas razas. La acompañó hasta el salón principal y rápidamente, sin antes exhibir una tímida sonrisa, desaparecer de su vista.

-Oh, por fin llegas pequeña Yuriko~— canturreó el mayor propinándole de prepo un ferreo abrazo —Te extrañaba tanto dulzura—murmuraba cerca del oído de la morocha, que se había quedado quieta, imperturbable. Como aquel extravagante personaje, sus movimientos fueron rápidos y precisos, safándose del amarre de él y alejándose unos centímetros.

No has cambiado para nada Goro—sonrió pícaramente mientras ladeaba ligeramente la cabeza, ante la mirada atónita e incluso molesta de este. Goro, como solían llamarle, era un transgénero muy solicitado en el prostíbulo, tanto como para llegar a ser la mama-san del lugar. Era excéntrico pero excelente en lo suyo —Ya sabes a lo que vine, no me des más vueltas.....quiero saberlo ahora—exigió tajante ya denotando su irritación.

A su alrededor el ambiente era completamente distinto, el llamado del deseo se impregnaba en cada punto de la enorme habitación. Había tantas personas que habría perdido la cuenta de la gente que se encontraba allí, entre clientes y prostitutas, vestidos con elegantes atuendos o totalmente desnudos, era la representación del más exquisito harem.

Yuri cuantas veces tengo que repetirte que no me llames así??—mascullaba nervioso observando graciosa y frenéticamente a su alrededor— Una flor tan fina y delicada como yo, no merece tener un nombre tan burdo y tosco....—seguía en voz baja haciendo un leve puchero consternado. Su actitud infantil seguía intacta a pesar de tantos años y trabajos....—No te olvides...... Akane es mi nombre —sentenció suspirando para nuevamente volver a sonreír— Me vas a tener que esperar Yuriko, tenemos mucho trabajo y hoy estamos de celebración, así que ponte cómoda....la noche es larga y joven primor—sin más se despidió con un guiño y una pícara sonrisa. No tenía idea de que planearía este, pero era seguro que sea lo que sea no le gustaría.

Se situó en una de las esquinas, lo más lejos posible de los tantos fogosos amantes que se dispersaban. ¿Valdría la pena venir hasta aquí? o sería una pérdida de tiempo como tantas otras ocasiones. De pronto percibió algo, estaba completamente segura de lo que era tanto como si se tratase de su propio olor. Líquido rojo, elixir de los caminantes nocturnos, sangre recién derramada. Se inquietó mucho y como no hacerlo, cuando se trataba de terribles cantidades, alguien estaba cometiendo una masacre allí, en ese mismo instante y  nadie parecía chistarse. O sus sentidos eran muy cortos o el sitio era más perverso del que pensaba.

Se quedó inmóvil aunque ya no tan indiferente como antes.  

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Re: Cuando la luna se vuelve roja...[Privado]

Mensaje por Mibu el Jue Ene 21, 2016 4:58 am

Era un tosco deseo, quizás, producto del aburrimiento, quizás, producto de extrañar algunas de las tantas maravillas del mundo moderno. Pero aquel capricho de los dioses sobre él había traído muchas ventajas y experiencias que él jamás hubiese imaginado sentir, ni una sola vez. Podría haber pensado que, de crecer allí, jamás hubiese sentido un atisbo de nostalgia si quiera.

Abandonó el cuartel, sin decir nada a sus compañero ¿Excusa? Iría a patrullar la zona en todo caso, nadie dudaría de su buena voluntad por proteger los interesantes del clan. Nadie, después de todo, él estaba allí por una sed de justicia insaciable en sus venas, aunque simplemente, fuera conveniente ser parte de ellos. Cargó su espada a la cintura, jamás salía sin ella y ajustó la cinta que llevaba en su cabeza, otro de los tantos signos de que era parte de aquel grupo tan conocido y respetado, su vestimenta, su espada, había muchos emblemas, muchos símbolos en él mismo aunque Mibu no los considerase en absoluto importante: le otorgaban poder y eso, eso realmente le gustaba mucho.

Le gustaba la noche y por esos deseos repentinos que surgían de él sin ningún tipo de premeditación, se dirigió a la zona roja de la ciudad: los burdeles. Buscaría a alguien con quién calmar sus ansias y ya, siempre que no encontrara algo mejor qué hacer en el camino.

Abrió la puerta y se introdujo en el lugar. El olor a sexo llegaba a sus fosas nasales y lo disfrutaba como si estuviera sintiendo el olor de las flores en la mañana. Miró a su alrededor, buscando alguna muchacha que fuera de su gusto, quizás, algún hombre, jamás había sentido que el sexo de alguien lo condicionara pues, disfrutaba el placer que le brindaban tanto hombres como mujeres, aunque si debía de elegir a uno, seguramente, se quedaría con una fémina. Más, para qué mentir: no le hacía asco a nada.

Posó su vista en una muchacha y sin pensarlo, estaba dispuesto a ir hasta ella y tomarla. No le importaba gastar dinero demás en placeres tan banales como ese, por el contrario, el dinero le sobraba debido a que no gastaba prácticamente en nada. Sin más ni más, tomó a la muchacha del brazo separándola del hombre que estaba a su lado. Nunca pensó que alguien ya había comprado sus favores y tampoco le importaba: Mibu era testarudo a más no poder.

Sin pensarlo mucho, estaba dispuesto a conseguir lo que quería porque ya había puesto el ojo en la joven y no se iba a retractar ni tampoco iba a esperar: era ahora o ahora. No había más opciones.

—¿No cederás? Lástima— aseguró con una sonrisa socarrona en la cara desenvainando su espada y habiendo cortado uno de los brazos del hombre. No se hizo esperar la siguiente estocada donde atravesó su pecho, cubriéndose de sangre al retirar la espada de su torso y viendo caer el cuerpo inerte en el suelo. Pero no iba a llegar a eso, claro que no. Para rematar, incrustó la espada en el cuello hasta cercenarlo del todo, pateando la cabeza luego. Ya había hecho lo necesario para él: gente como esa no debía seguir con vida, le estorbaban.

Lamió sus dedos y volvió a mirar su espada. Su reflejo se veía cubierto por el rojo de la sangre, limpiándola con la tela de su manga, ya estaba sucia ¿Qué le hacía otra raya al tigre? Nada. Sin más, volvió a dejar la espada en su vaina y miró a la muchacha con una sonrisa y le tendió la mano dispuestos a irse a saciar sus deseos y aquella pasión que había despertado después de haber asesinado al hombre. Más, la muchacha se negó, estaba asustada y el clima general entre los presentes era de pánico. Había escuchado algunos gritos, más, algunos, como ella, habían quedado en el más perfecto de los silencios, con el miedo clavado en sus ojos al presenciar la muerte de alguien tan de cerca.

—Vamos— dijo serio, molesto pero manteniéndose aun controlado y aunque no quería matar a la muchacha, la impaciencia le ganaba y ganas no le faltaban. Así fue como ella salió corriendo y gritando por ayuda. Más, Mibu no se iba a dar por vencido. La había elegido y ella, sería la que le daría una noche inolvidable, sin importar a donde la llevara. Incluso, si hacía falta destruir el burdel completo.
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Re: Cuando la luna se vuelve roja...[Privado]

Mensaje por Invitado el Dom Feb 21, 2016 6:18 am

Su corazón parecía crepitar en su cabeza, tan fuerte y escandalosamente como si quisiera salir de su pecho, señal clara de su completa y notable disconformidad e inquietud. ¿Qué rayos pasaba? de un momento a otro el clima del lugar había cambiado tan radicalmente, que se sentía en el aire. Lo que antes había pasado desapercibido ya no era ignorado por los presentes puesto que tampoco los gritos de la sala contigua dejaban desatender así como así lo que pasaba a su alrededor.

Lentamente los segundos pasaban y entre tanta figura petrificada y horrorizada, Yuriko optaba por poco a poco, acercarse hacia el centro del salón. Mientras tanto estudiaba cada actitud de las personas que allí se encontraban, todas ellas sumamente peculiares. Las había algunas que, ante la mera señal de peligro se bloqueaban y cualquier tipo de pensamiento anterior quedaba ahí, como atorado sin poder salir a la luz o llevarlo a cabo. Los había en cambio, los que actuaban impulsivamente, tan expuestos como los otros pero incluso con una mayor posibilidad de fallar. Y estaban otros, a los que ella más plenamente se representaba, que eran fríos y aunque estaban tan quietos como la mayoría, estudiaban y pensaban la mejor manera de proceder. ¡Qué raros somos! había tantas razas en esa gran sala y todos compartían aquella sensación. La expectación y en otros casos....el miedo.

Pero la leve calma fue momentánea, ahora los gritos no sólo provenían del salón continuo sino que también inundaba ese mismo sitio. Puesto que, al observar la frágil figura de la joven traspasar la puerta, llorando y completamente cubierta de sangre, fue la pauta para que algunos empezaran a correr y a gritar.

Que oportuno—masculló para sí misma chasqueando la lengua. Cuanto más intentaba alejarse de los problemas, más los atraía. Irremediablemente tenía mucha mala suerte.

No le resultó del todo agradable de, que entre todas las muchas personas que había, la muchacha se hubiese dirigido a ella, quizás en un acto inconsciente o un simple presentimiento de que con ella estaría a salvo, no lo sabía, allí estaba delante de ella. "Por favor ayúdame", le habría escuchado decir bien bajito, casi en modo de suplica mientras gruesas lágrimas surcaban su rostro. ¡Qué hermosa era incluso llorando como estaba! la misma que no hacía poco rato la había acompañado tan amablemente a pasar allí, era una joven humana, con sus pómulos sonrosados y piel cálida, y la antítesis de lo que ella era.

¿Qué es lo que está pasando?¿A qué le temes?—preguntó con la mayor gentileza que pudo, observando fijamente sus grandes orbes azules. La niña sólo se limitó a girarse hacia la puerta y señalar al tipo que en ese momento traspasaba la puerta, un joven esbelto, peliblanco y completamente teñido de rojo.

Los orbes azulados de la oni fulminaron los contrarios con irritación. Además de un demente asesino, un miembro de los shinsengumi. ¡Cartón lleno! Claramente, ella por sus anteriores incidentes en el pasado y por lo que hoy aquel arremetía, no tendría nada bueno para dialogar con aquel sin terminar a por lo menos en disputa.

Me das lástima—masculló sonriendo ligera y mordazmente.

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Re: Cuando la luna se vuelve roja...[Privado]

Mensaje por Mibu el Mar Mar 01, 2016 7:01 am

La paciencia no era precisamente uno de sus dones más destacados, todo lo contrario. Mibu solía salir de sus casillas fácilmente y eso era notorio al verlo ahora, manchado de sangre. Más, si de algo estaba seguro es que nunca se iba con las manos vacías y si, quería algo, lo conseguía y no iba a pasar menos en el burdel ¡justo en aquel lugar donde las mujeres vivían para dar placer! No, no. Eso no lo iba a permitir en lo más mínimo, así que derribaría el lugar si hacía falta, pero tendría lo que había ido a buscar y quizás, un poco más de diversión.

Sin importarle mucho el revuelo que había causado, fue a buscar a la muchacha que aun lloriqueaba sin remedio, escondiéndose detrás de una muchacha sumamente bonita, más, de lengua larga.

—¿Lástima? No creo que estés en condiciones de decir esas cosas, muñeca—
sonrió ladinamente, sin quitarle los ojos a la joven que, a diferencia de todas las otras, lo había mirado fijo, como si de un desafío se hubiese tratado y así no haya sido de esa manera, Mibu lo había tomado como tal.

Envaino su arma y acercándose a la joven que antes había elegido, la tomó del brazo y la empujó fuera del lugar. No quería verla cerca, más, con la extraña y desafiante joven era otra cosa. La quería a ella y se iba a divertir con ella le gustase o no, pues, tampoco era de las personas que iban pidiendo permiso para hacer las cosas: las hacía y ya. A quejarse a Magolla si les gustaba o no. Después de todo, quejarse con él también podía implicar ser lo último que podrías decir después de ello. Pero no se iba a detener en eso.

—Tú tomarás su lugar— aseguró tomándola del mentón —serás mi puta esta noche, así que no hará falta que hables— y la acorraló contra la pared acariciando su cuello con sus dedos manchados de sangre, buscando llegar a descubrir sus hombros. No le importaba nada, era bastante claro en una sola cosa: quería sexo, y no importa a costa de quien fuera que tuviera qué conseguirlo.
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